Recuperar la calma
Dicen que hay heridas del alma que terminan por convertirse en cicatrices; cicatrices que duelen solamente cuando el tiempo cambia o el frío aprieta. Y yo vivía pensando que mis heridas más profundas habían dejado ya su imprenta definitiva, causándome un resquemor sólo de tanto en tanto, cuando la soledad y la incomprensión apretaban. Pero ayer, sin más ni más, una de ellas volvió a sangrar de manera apacible, dándome a ententer que aún está en proceso de curación, que aún tiene una postilla que levantar, una carne al descubierto sobre la que verter vinagre y soplar después...

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